El problema era que no nos colocábamos en el lugar adecuado para observar la realidad (...) Bajé del taxi transformado y recorrí mi calle, desde el principio al fin, en estado de trance. Ya no era la misma, desde luego, Todas las casas bajas de mi infancia habían sido sustituidas por edificios de seis y siete pisos. Pero yo era capaz de ver los fantasmas de las viviendas antiguas y de sus moradores dibujados sobre aquellas fachadas. Vi a mi padre..., vi a Luz..., vi a madre..., vi al Vitaminas..., vi a su hermana..., vi las tardes muertas de mi adolescencia, las tardes muertas, nunca se ha dicho eso de las mañanas, ni de las noches, pues solo la tarde de entre todos los momentos del día es mortal (...)
Y pensé, en fin, en el Barrio de los Muertos que demostraba que la muerte no era más que un desplazamiento dentro de la vida... Pero todo lo que vi, sobre todo, fueron las conexiones que en la realidad profunda todo era una manisfestación de lo mismo. Aquella variedad paradójicamente, estaba al servicio de la unidad, pues solo había una cosa, mi calle, es decir, la Calle, o sea, el mundo.
Págs. 94 y 95, EL MUNDO, Juan José Millás, Ed. Planeta