29 jul 2009

Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de Bloomsbury señalaban las 2.27. La industriosa colmena, como se complacía en llamarlo el director, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoides penetraban en los óvulos, que, fertilizados, crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados, brotaban constituyendo poblaciones enteras de embriones.
Capítulo 10, UN MUNDO FELIZ, Aldous Huxley